En este país abundan las
tertulias radiofónicas, unas veces me entretienen, otras me ilustran y otras me
hacen sentir vergüenza ajena, pero aun así las escucho asiduamente. Los invitados a estos programas de radio
hacen alarde de su conocimiento sobre temas políticos y se mueven con impresionante
seguridad dialéctica en ese terreno que oyéndolos uno piensa si no sería mejor
para todos que ellos gobernaran la nación.
Sin embargo cuando se refieren con idéntico aplomo a temas en los que
uno esta medianamente informado, descubrimos con frecuencia que no tienen ni
puñetera idea de lo que están diciendo, lo que nos lleva a desconfiar del resto
de sus opiniones. El ciudadano medio siempre está dispuesto a
deglutir sin masticación previa las explicaciones “sensatas” que desde los
medios de comunicación se dan y con el tiempo las hace suyas, pensando que son
una opinión propia de las cosas sin importarle que pese a su pretendida
racionalidad, tales explicaciones son tan absurdas y pueriles que ofenden a la razón
misma. Lo más sorprendente es que esta manipulación
de masas no es específica de un grupo de población, si no que es proporcionada
por redactores, divulgadores científicos y alternativos radicales que se
dedican a difundir tan infumables explicaciones sin rubor alguno. A lo largo de estos años en los que he
practicado el sano ejercicio de la duda, el cuestionamiento y el escepticismo me
encontrado con muchas personas que sienten aversión a cualquier hecho que
escape de su entendimiento, aunque entienda poco ya que para eso están los especialistas,
en quienes delegan confiada y gustosamente tal responsabilidad. La ciencia es considerada hoy la madre del
conocimiento, sin tomar en cuenta que no hay nadie en la actualidad que posea
el conocimiento de todas las cosas, sucede como cuando éramos niños y creíamos que
nuestros padres lo sabían todo, hay a quienes les da miedo crecer y antes de
enfrentarse a lo desconocido prefieren creyendo que su padre es Superman y que
a los niños los trae la cigüeña...

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